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La gran burla del burlador

LA GRAN BURLA DEL BURLADOR

Rosaura Barahona / 8 Jun. 10
Nosotros creemos en lo que necesitamos creer: en un solo Dios, en varios, en ninguno, en las profecías, en las maldiciones; en una relación directa con Él (o Ella), en la necesidad de intermediarios; en interpretar los textos sagrados (de cualquier origen y época) o en tomarlos al pie de la letra...
Nada de eso causaría conflicto si como grupo humano respetásemos la libertad del otro mientras no tratase de imponernos sus creencias. Pero en vez de eso nos preguntamos: ¿Cómo pueden creer en la reencarnación? Y olvidamos que es igualito a que otros crean que mueren en pecado si faltan a misa o que comer tal cosa contraviene las leyes divinas.
Todos creemos en algo, aunque no sea divino, pero a quienes fuimos educados para respetar a los demás, nos da lo mismo que crean o no. Sin embargo, es difícil entender el porqué de muchos rituales, tradiciones, costumbres o creencias religiosas.
La televisión americana pasó un documental muy crítico sobre el manejo que la Policía texana hizo del problema de los davidianos, un grupo dirigido por su líder y dictador, David Koresh. La llamada secta apocalíptica tenía una casa afuera de Waco, Texas. A partir de un conflicto con las autoridades, se encerraron ahí y el cerco policiaco terminó en un incendio en donde pereció Koresh, junto con 75 de sus seguidores.
Escuchar a los actuales seguidores y defensores de Koresh, un hombre promiscuo que mantenía relaciones sexuales con quien se le antojaba para tener hijos de Dios (así decía él y se lo creían), me recordó que la mentalidad de todos los sometidos es la misma: los ciegan (ellos aceptan ser cegados) y no piensan, sólo obedecen.
Koresh convencía a sus mujeres de ser elegidas de Dios, a quien él representaba. Por eso se sentían honradas al someterse a su voluntad, de formar parte de su harén y de entregarle todas sus posesiones para renunciar a su vida en el mundo exterior "en donde prevalecía el mal".
Cuando vi el documental acababa de leer todo lo relacionado con las Consagradas del Regnum Christi de Maciel, esas mujeres de quienes el entonces casi santo se burló al hacerles creer que el Vaticano aprobaba el rigor que les imponía. Los visitadores que las descubrieron (encargados de la investigación sobre el caso Maciel), se admiraron y declararon que ya no son tiempos para ese sometimiento.
Para variar, todas tenían presencia agradable y recursos económicos. El lavado de cerebro disfrazado de vocación se iniciaba desde temprana edad, cuando se puede hacer creer a los pequeños lo que le dé la gana a quien los programa. ¿Habría pasado lo mismo si las dejan crecer y educarse? No, porque habrían cuestionado muchas cosas y Maciel no las habría convertido en esclavas del Señor. (Al Señor no le gusta la esclavitud.)
También vi un reportaje español sobre cómo todas las consagradas han regresado o están a punto de regresar a sus respectivos hogares; en el Reino no saben qué hacer con ellas desde que oficialmente no existen.
Dos chicas hablaron frente a la cámara. Ambas dijeron que en sus casas seguirán con su vida igual porque es el camino a la santidad. Cuesta trabajo entenderlo cuando se tiene la certeza de que la libertad de pensar por cuenta propia es una de las cosas esenciales en la vida. Y eso exige ponernos a nosotros mismos y todo lo que nos rodea en duda.
Doloroso para ellas y para sus familias que presumían en su círculo social el halo especial que les daba tener hijas consagradas. Esas mismas familias contribuyeron a que sus hijas aceptaran la obediencia incuestionable, antes de conocer la libertad y la madurez.
Cuando se habla de las consagradas, también se menciona a las supernumerarias del Opus, aunque no son del todo igual. Sin embargo, unas y otras aceptan que los demás piensen por ellas al, por ejemplo, ver normal que les censuren la prensa o les digan qué ver, leer o hacer, lo cual es acatado sin chistar.
Maciel fue el gran burlador de la burguesía de este País y de muchos otros y su mayor burla fue la de las consagradas. Ellas no contaban; contaban sus contribuciones monetarias y sus contactos. Por eso Maciel las inventó y usó como David Koresh: sólo para su beneficio propio. Nada más.


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