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CONTRASTES - Por Alejandra Rangel

El Obispo de Saltillo, Raúl Vera, recibió el domingo 7 de noviembre (2010) el Premio Rafto 2010 por su promoción de los derechos humanos, su voz en favor de los pobres, excluidos y marginados, su defensa hacia los grupos más vulnerables: indígenas, mujeres, campesinos, mineros, homosexuales y migrantes.
Es el reconocimiento a un crítico constante del sistema, de la corrupción y el uso indiscriminado de la fuerza armada, un hombre respetado por su trayectoria y su sensibilidad social, alguien que vivió desde la Facultad de Ingeniería de la UNAM el movimiento del 68, siendo estudiante.
Al recibir su premio en Bergen, Noruega, dijo: "A través de mi labor pastoral, en colaboración con grupos defensores de los derechos humanos, me ha tocado ser testigo de cómo impunemente se atenta contra la dignidad de la persona, en diversos ámbitos y distintas áreas geográficas de México.
"La fundación Rafto se pudo haber equivocado en haber elegido a la persona no adecuada para su Premio 2010, pero no se equivocó en elegir a México para denunciar ante la comunidad internacional la terrible situación de violaciones sistemáticas a los derechos humanos de parte del gobierno contra hombres y mujeres ciudadanas de nuestro país", expresó de acuerdo con una nota publicada en La Jornada el miércoles.
No es la primera vez que el Obispo Vera denuncia la impunidad y falta de justicia en México, la diferencia es que hoy lo hace ante la mirada del mundo, a sabiendas de que su posición es contraria a la expresada por los grupos más conservadores de la sociedad y de la alta jerarquía eclesiástica, sobre todo obispos y cardenales mexicanos.
Y no sólo se pronuncia en estos temas: con motivo del rechazo a los matrimonios gays, propuso a sus compañeros no actuar como fariseos. Es notable su respuesta ante las ostentaciones y complicidades de la propia Iglesia católica con la riqueza y el poder, y se le admira haber mantenido sus principios reafirmando su responsabilidad hacia con los pobres y olvidados.

El contraste entre las declaraciones del Obispo de Saltillo y lo recientemente sucedido en España con la visita de Benedicto XVI, donde el Pontífice se pronunció contra el "extremo laicismo" de la sociedad ibérica, es abismal.
No sólo ha causado controversia, sino que descubre una nación más libre y abierta, dispuesta a luchar por el Estado laico, con un rechazo a regresar a la época del franquismo. Con falta de sensibilidad y apertura, el Papa no consideró todas las canonjías de las cuales goza la Iglesia católica en ese país, empezando por sus privilegios fiscales.
En un artículo publicado en septiembre en El País, Fernando Savater ha dicho que ni siquiera 40 años de franquismo han permitido emanciparse de una institución que ha trabajado eficazmente por perpetuar el atraso intelectual y la falta de libertades políticas en el País. "¿Acaso no han aprendido nuestros dirigentes que la Iglesia es insaciable"?, pregunta.
La visita de Benedicto XVI exhibe la actitud cerrada de la Iglesia, que lejos de intentar comprender el mundo contemporáneo, se dedica a cuestionar con desconocimiento histórico. Destaca lo dicho a los periodistas que lo acompañaban en el avión desde Roma sobre que el laicismo actual español es similar al anticlericalismo de los años 30, sin reflexionar que la Iglesia en su momento fue incapaz de denunciar los fusilamientos y abusos ocasionados por el franquismo sin otra justificación que el pensar diferente.
La separación de visiones del mundo entre la Iglesia católica y la sociedad actual es cada vez más distante, entre otras causas por posiciones reaccionarias que desconocen los derechos de lo humano relacionados a la reproducción, la lucha de las mujeres -a quienes siguen sin reconocer más allá de que actúen como sus sirvientas, y considerando un delito grave su ordenación sacerdotal-, las minorías sexuales siempre discriminadas, la homofobia y la educación sexual.
No se ha entendido que el mundo contemporáneo está muy lejos de acatar teorías y creencias sustentadas hace miles de años, dejándose imponer dogmas y órdenes de manera incondicional en un atribulado planeta.
Si a esto sumamos los problemas de los sacerdotes pederastas en la Iglesia católica que han salido a la luz en diversos países tanto europeos como americanos, la complicidad que la Iglesia ha demostrado frente a las agresiones sexuales a menores, el oropel y lujo de la alta jerarquía y las ansias de poder, se vuelve imposible la credibilidad en una institución que no muestra la congruencia entre lo que predica y hace.
Ya no son tiempos para aceptar la intolerancia y el pensamiento único, homogeneizando verdades o creencias. Por el contrario, la ciencia, la cultura, el contexto económico y político, desmienten las imposiciones y obligan a vislumbrar un mundo más justo y libre, con menos ataduras para la humanidad.



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